¿”Feminazi”? No, gracias

feujo

Bien es sabido por toda persona que ha decidido ir a contracorriente del Gran Hermano capitalista, cisheteropatriarcal y occidental que cuando te muestras públicamente como feminista (o alguno de sus equivalentes), te conviertes en el blanco de todo tipo de reacciones negativas; de las más “suaves” (brominchis “sin maldad”, como las que hacen tus amigas no conversas sobre feministas radicales comehombres, etc) a las más aterradoras (insultos, humillaciones, represalias a nivel laboral, e incluso agresiones físicas).

Por suerte, en todos mis años como feminista nunca me he sentido amenazada, ni moral ni físicamente. Humillada, dejada de lado y ridiculizada, sí, muchas veces. Insultos también he recibido unos pocos, aunque la mayoría o bien aluden realidades que solo son negativas si te atienes al marco de pensamiento hegemónico, o bien son instrumentos de manipulación que buscan que dudes de tu criterio y te sometas al suyo. Gorda, fea, peluda, loca, peleona, bollera, extremista, ignorante, históricamente incorrecta (sic), entre otros. Como mucho es el último ejemplo el único que me molesta, viniendo de un notas que echaría espumarajos por la boca si le señalaran educadamente que el creador de Los tres mosqueteros (y por ósmosis, de Los tres mosqueperros) era negro e hijo de esclavos. Y por supuesto, me han llamado feminazi.

“Feminazi” es un insulto curioso, aunque no es como el resto de insultos que nos dedican a las feministas. Luego explicaré por qué. Esta perlita la acuñó el locutor de radio conservador estadounidense Rush Limbaugh Caramierda, que vio oportuno establecer un símil entre el Holocausto y “la obsesión (de las feministas) con perpetuar el genocidio de nuestros días: el aborto en masa” (sic: tiene gracia, porque en la Alemania nazi el aborto era ilegal). Hoy en día, aunque por desgracia esta postura “pro vida” sigue siendo un mal muy extendido y el aborto todavía es un tabú en la mayoría de las sociedades del mundo, una declaración como esta suscitaría más rechazo que cualquier otra cosa (¿o quiero pensar que sería así?); sin embargo, la connotación divisiva del término, esa que promueve la falacia de que hay feministas buena gente -esas que se cargan la responsabilidad de todo a las espaldas sin que tú tengas que cambiar tu actitud o tu visión del mundo- y FEMINAZIS -esas arpías que afirman cosas tan irracionales como que,

feujo
¿Cómo puedo ofenderme si me llaman “trituradora de hombres”? Es broma. Voy a vomitar, ahora vengo. Fuente

habiendo crecido en una cultura machista, lo más probable es que hayas internalizado comportamientos machistas y los hayas exhibido en algún momento, y que más que tuitear con el hashtag #NotAllMen las escuches y te muestres dispuesto a aprender- ha permeado hasta convertirse en un popular insulto que puede oírse en foros de Internet, campañas contra la violencia machista, manifestaciones y más recientemente, incluso juzgados (las palabras clave son DENUNCIAS FALSAS y CUSTODIA COMPARTIDA).

Es descorazonador que una palabra así se haya hecho tan popular, porque nos recuerda que aún vivimos en un mundo profundamente misógino y que nos queda muchísimo trabajo por hacer. En nuestra cultura, malditos sean los ideales católico-patriarcales de la culpa y el sacrificio -femeninos- que tan arraigados tenemos, es preferible no crear conflicto, ser amables y educadas con todo el mundo y soportar las mierdas del sistema consolándonos en que “bueno, es que las cosas son así”, antes de gritarle a un hombre en la cara que deje de interrumpirnos cuando hablamos, de tocarnos el hombro y decirnos “guapa”, de acosarnos a nosotras y nuestras compañeras de trabajo, de mirar para otro lado cuando sus amigos no dejan en paz a una chica en la discoteca, de defender a Woody Allen, de llamar a sus ex-novias “locas e irracionales” porque una vez le montaron un pollo (qué curioso, nunca hablan del compendio de cosas que provocaron el pollo en cuestión), de echar miradas invasivas a la chica sudamericana en la parada del autobús. No se vayan a molestar, revisen su comportamiento, se den cuenta de que hacen mal y lo corrijan. No vaya a ser.

Sin embargo, como ya dije, la palabra feminazi no es como los otros insultos de los que las feministas somos blanco continuo. Desde mi punto de vista, la diferencia esencial radica en que este insulto no deberían reapropiárselo las personas a las que afecta. Me explico: tradicionalmente, en los movimientos por la justicia social, lxs miembrxs de ciertos colectivos se han reapropiado de insultos creados específicamente para herirlxs y marginarlxs. Así, es frecuente ver a lesbianas y gays militantes refiriéndose a ellxs mismxs

feujo
Ejemplo de lenguaje opresivo reapropiado. Fuente

como bolleras y maricas, chicas gordas llamándose ballenas y vacas de forma cariñosa, afroamericanxs utilizando el término “nig*a” como apelativo afectuoso y solidario dentro de la comunidad y en la música, feministas con camisetas que rezan “LOCA DEL COÑO”… Estas reapropiaciones pueden parecer frívolas, pero el mecanismo que hay detrás es muy poderoso, ya que cuando tomas una palabra que se ha creado con el único propósito de lastimarte y la haces tuya, convirtiéndola en algo positivo, deja de funcionar como arma y se convierte en coraza. El uso de este mecanismo, que esto a muchxs se les escapa, está reservado de puertas para adentro: por ejemplo, como persona hetero y blanca, no puedo ir por ahí utilizando las palabras “marica, bollera, nig*a”, porque no son mías. Aunque yo personalmente no me considere homófoba o racista, tengo que recordar que fue gente como yo, gente heterosexual y blanca, la que inventó estas palabras para oprimir a estos dos colectivos en concreto, y aún hoy en día me beneficio de los privilegios sociales que tengo por no ser ni lesbiana, ni negra.

Entonces, ¿por qué está mal que las feministas usemos la palabra feminazi como apelativo cariñoso entre nosotras? “Está mal” simplemente porque nunca, NUNCA debería atribuirse ningún tipo de connotación positiva a algo que lleve la palabra “nazi”,

feujo
Tía, tú no me representas. Fuente

aunque muchas feministas lo consideren una forma divertida de escandalizar a lxs pro vida y subvertir el tabú del aborto (escandalizar es necesario, pero usando otras herramientas). Últimamente he visto un crecimiento en esta tendencia y he llegado a ver compañeras bromeando sobre organizar una mani e ir vestidas con pelucas rubias y bigotes de Hitler, lo que teniendo en cuenta el clima general de xenofobia en Europa… bueno, os podéis imaginar por qué me da rabia y me entristece. En resumen, no es posible convertir un término que hace referencia a un genocidio en algo bueno o incluso reivindicativo porque alude a una realidad que es objetivamente horrible (nada que ver con los insultos que pretenden demonizar la homosexualidad, la gordura, la raza o la prostitución, que nada tienen de horrible y en ocasiones, hasta son artificiales); y hacerlo, y verlo como algo humorístico, dice mucho de cómo vivimos el activismo a través de nuestra óptica de mujeres blancas y europeas. Y si no me créeis, preguntadle a una feminista gitana, judía o sudamericana si se denominarían a sí mismas feminazis, a ver qué os dicen. Seguramente os pongan cara de haberse tragado un limón y, con suerte, eso nos hará reflexionar a todas.

 

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