La barriga de Bu-Dai

A mi madre, bless her heart, la ola de orientalismo de los 70 -menos acusada en España, pero ola, con todo- la cogió de lleno en su juventud. Siempre ha sido muy guapa, pero en sus fotos antiguas donde sale con permanente y pantalones de pata de elefante parecía una artista avant garde, y quién sabe si no hubiera llegado a serlo si no hubiera nacido pobre o se hubiera topado con tantos hombres defectuosos en su vida. Cuando vine yo, unos veintipico años más tarde, me crió en el amor por esta década, su música, su moda, y el gusto por accesorios de varias tradiciones del este y el sur de Asia; sobre todo, por esas figurillas de resina roja de Buda que venden en las tiendas hippies y que han poblado nuestras estanterías durante años. Aunque hoy sé que esta costumbre nuestra era una forma de apropiación cultural, estas figuritas me traen muy buenos recuerdos y siempre tengo que resistir la tentación de comprar una.

Para que veáis lo bienintencionada que puede ser la ignorancia occidental, por entonces llamábamos “Buda”, sin distinguir, a las dos efigies que venden en estas tiendas: una, más estilizada, con expresión serena, un halo alrededor del cabello rizado y un urna (una marca redonda entre las cejas); la otra, gorda, sonriente, sin pelo, también con grandes lóbulos colgantes. La primera era mi favorita; la segunda, que no representa a Buda sino a Bu-Dai (una deidad china de la felicidad y la abundancia), la de mi madre.

Es horrenda, le decía yo a mi madre, sin ser capaz de encontrarle ningún atractivo a esa figura alegre y barrigona. Y óptica colonialista aparte, no era consciente de cuánto daño me hacían a mí misma esas palabras. Esta anécdota sobre apropiación religiosa casual, en la que no me voy a explayar porque no tengo ni el conocimiento ni la licencia, me sirve para ilustrar algo que habían implantado muy dentro de mí y que incluso hoy en día sigo luchando por destruir: el odio y la repugnancia más viscerales por la gordura y, sobre todo, por la gordura que se exhibe sin pudor.

Es horrenda, decía, sin pararme a pensar que el insulto también iba dirigido a mí. Porque siempre he sido gorda, nunca he tenido el vientre plano y moreno que todxs, desde que nací y me pusieron la etiqueta de “niña”, me han inculcado como el ideal. No, mi barriga siempre ha sido más parecida a la del monje chino que a la del príncipe indio: protuberante, pálida y blanda, como una duna, y durante muchos años la odié y deseé que desapareciera. Ya en primaria aprendí a encoger el vientre (“para parecer más estilizada, que si no se te marcan los michelines”, me aconsejaba mi propia madre, pero no la culpo: a ella le habían inculcado el mismo odio, y quizá por eso le tenía simpatía a Bu-Dai) y lo hacía a menudo y en cualquier lugar, a modo de ejercicio compulsivo, esperando que pillara la indirecta y se replegara sobre sí misma, dejando solo la ansiada marca de las costillas. Soñaba con el día en que pegara el estirón y me convirtiera en una adolescente etérea, frágil, lánguida, como una pluma de cisne, como muchas de mis compañeras de clase, pero pasaban los años y el estirón no llegaba: yo seguía siendo grande y ancha, llena de curvas por todos lados. Perdida la esperanza del “estirón”, aprendí a machacarme, a usar la horrible presión del auto maltrato para intentar convertir mi cuerpo de carbón ordinario en una estatua de diamante: a contar calorías y pesar raciones, a agachar la cabeza cuando pasaba por delante de un espejo, a mirar con asco a las chicas que estaban aún más gordas que yo, a encarcelarme en pantalones y camisetas que me quedaban pequeños (ahora sé que los compraba pequeños a propósito para castigarme por ocupar demasiado espacio), a comer poco y con ademanes lentos en público, no me fueran a tildar de foca desesperada, a acostumbrarme a que mis platos vinieran aderezados con poca sal, poca azúcar, poca grasa y una generosa cantidad de culpa que se me quedaba atascada en la garganta. Aprendí a sustituir el juego por las sesiones de abdominales en una manta, mientras mis compañerxs de clase salían y disfrutaban en la calle; a tenerle un miedo y odio profundos al ejercicio, que era a la vez salvador y verdugo. No aprendí, sin embargo, a no tener ataques de llanto en la consulta del endocrino, que parecía disfrutar manoseando y evaluando a lxs niñxs gordxs como si fuéramos trozos de carne grasienta, intercambiando comentarios fríos e hirientes con la enfermera, como si yo no estuviera allí ni pudiera comprenderles. Tampoco aprendí a considerarme una persona sólida e íntegra: toda yo estaba compuesta de partes, partes que sobresalían y sobraban, redondeces y curvas ofensivas, hoyuelos y pliegues. A veces me sentía como si me fuera a romper, y la idea casi me proporcionaba alivio de mi existencia como anomalía andante.

Cuando a los 18 conseguí estar lo más cerca de la delgadez que he estado nunca lo celebré como si fuera el logro más valioso de mi vida, más que mis notas excelentes, el amor de mi familia, amigxs y profesorxs, mis conocimientos sobre literatura y cine, mi buena salud. Recuerdo con toda claridad el viaje de ida y vuelta hacia la farmacia, la euforia irracional cuando el ticket de la báscula me informó de que el espacio que ocupaba en el mundo ahora era un poco más pequeño, el peso sobre sus hombros diez kilos menor; me retrotraje a una visita que hice con mis padres de niña a las básculas astronómicas del Parque de las Ciencias en Granada, que te dicen qué tal o tal peso tendrías en Marte o en la Luna, y las exclamaciones quejumbrosas de la gente que hacía cola para que les dijeran, si vivieras en Marte pesarías 30 kilos, ay, qué alegría, 30 kilos, no tendría que hacer dieta nunca más. El enjambre sórdido y doloroso de números sin sentido, el fustigamiento del propio cuerpo como ritual de creación de lazos afectivos, con todxs menos contigo mismx. El deseo de desaparecer, que en algunxs (no en mí, aunque no mentiré y diré que no se me pasó por la cabeza vomitar después de comer o ayunar durante días en algún momento de mi vida, pero tuve la enorme suerte de que nunca se me ocurriera en serio) llega a cumplirse en forma de enfermedad devastadora. No, yo tuve la “fortuna” de que las numerosas dietas que hice, animada por las mujeres de mi entorno y por el endocrino carnicero, no me jodieran demasiado, no me hicieran perder del todo la conexión con mi cuerpo, aunque sí me forzaron a verme siempre desde los ojos de otrxs, a tasarme según los parámetros de belleza convencional.

Hoy, la mayoría de estos sentimientos y recuerdos están encerrados en el arcón de un desván oscuro y mohoso. Gracias al feminismo, sobre todo al feminismo gordo, he aprendido a vivir con mi cuerpo, a darle el amor y las atenciones que se merece. A veces los fantasmas se escapan del arcón, aúllan y me pellizcan con sus dedos puntiagudos, son muchos años de lavado de cerebro y algunos días me cuesta menos ahuyentarlos que otros. Pero hoy me he puesto un top barriguero de esos que se vuelven a llevar, porque hace calor, y al verme la barriga tierna y pálida, esa parte de mí que ya no deseo que desaparezca, me he acordado de Bu-Dai, la viva imagen de la felicidad y la prosperidad, con su panza y su cara amable y risueña. ¿Cómo pude pensar que era feo, aún peor, horrendo? Hoy me acuerdo de esas estatuillas y solo puedo sonreír y desear que no las hubiera perdido todas. Gracias, Bu-Dai, y ojalá siga creciendo (en cuerpo y espíritu) para llegar a ser tan sabia, amable, excéntrica y feliz como tú; aunque quiero pensar que voy por el buen camino.

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